Grangé, Jean-Christophe. Le Vol des cigognes. Paris : Albin Michel, 1994 (numerosas reediciones en Le Livre de poche) ISBN 2-226-07509-7.

Cubierta de Le Vol des cigognes, de Jean-Christophe GrangéEn este mundo anglocéntrico que nos ha tocado en suerte, a veces conviene echar un vistazo a las culturas en otras lenguas, incluidas las españolas y cómo no, las europeas. Aun si se da el caso, es más que probable que el interés por las culturas no-anglófonas nos llegue precisamente a través de cierta repercusión en Estados Unidos. Una lástima, pero es así. En el caso que nos ocupa hoy, por ejemplo, al periodista y novelista francés Jean-Christophe Grangé se le conoce como “el Stephen King francés”. En la adolescencia devoré numerosas novelas del norteamericano y, sinceramente, ya le gustaría a Stephen King…

El caso es que, para desempolvar el vocabulario, la gramática y la ortografía del francés, al tiempo que me pongo al día de los coloquialismos del país ultrapirenaico, a veces recurro a este escritor. Sus novelas no utilizan precisamente los recursos más elevados de la lengua de Proust, pero son un pasatiempo más enjundioso de lo que pudiera parecer a primera vista.

Sin entrar en detalles, la trama mezcla la historia de un chico sin huellas dactilares con el tráfico de diamantes a nivel mundial y un señor que se dedica a arrancar corazones en vivo. Para contar todo esto, Grangé nos hace viajar por medio mundo: desde Suiza y Francia, hacia Eslovaquia, Bulgaria, Turquía, Israel, Bélgica, la República Centroafricana y la India, concretamente Calcuta.

Lo malo de este señor es la cantidad de sangre y tripas que reparte a diestro y siniestro por todas sus páginas. Para nada exigido por la historia, este rosario de descripciones llega a un nivel de detalle francamente innecesario. También se le notaba cierta torpeza al manejar los diálogos: en numerosas ocasiones, el protagonista tiene que entrevistar a un informante, y en vez de un diálogo lo que consigue es una suerte de FAQ.

Lo mejor, el hábil manejo de unas tramas tortuosas e inquietantes que, aunque hacia el final divergen en lugar de converger, resultan suficientemente coherentes entre ellas. También el alejamiento del tópico a la hora de hablar de los diferentes países, razas y ciudades que recorre el protagonista, fruto probablemente de le experiencia periodística in situ de Grangé. Interesante y sin concesiones a la corrección política es su visión del pueblo gitano, del israelí, de los pigmeos, o la descripción de Calcuta, hacia el final, como una especie de infierno.

Grangé suavizó algunos de estos defectos en sus siguientes novelas, como la notable Les Rivières pourpres, llevada al cine de la manera más zafia y superficial posible (como si Jackie Chan perpetrara un remake de una película de Sam Peckinpah, por poner un símil cinematográfico).

Volviendo al tema inicial, me pregunto por qué esta novela de Grangé sigue sin traducción española (al menos que yo sepa) y por qué las siguientes han tenido que esperar a ser llevadas al cine para “ganarse” la traducción.

Ya sé que es un topicazo, pero hay cientos de novelas en inglés que se traducen sin alcanzar ningún éxito y además son mucho peores que cualquiera de las de Grangé. Sí, estoy hablando del vomitivo Dan Brown. Cuestión de mercadotecnia: el cargante Ruiz Zafón triunfa porque se quiere que triunfe. Alicia Giménez-Bartlett vende más en el extranjero porque aquí se le niega incluso el espacio en las estanterías.

Cuestión de mercado, sin duda, y mientras éste esté dominado por los productos anglosajones, poco podremos hacer… bueno sí, leer a Grangé, a Camilleri, a Mankell, a Giménez-Bartlett…