Lo que sé de los vampiros, de Francisco Casavella. Barcelona : Destino, 2008. 564 p. ISBN 987-84-233-4020-0.
No suelo dar mucha credibilidad a los premios literarios. Es más, tiendo a huir de ellos prudentemente. Por mucho que un Muñoz Molina, un Vargas Llosa (con una de sus peores novelas, eso sí), o un Millás hayan ganado el Premio Planeta, no voy a fiarme de semejante montaje. A lo mejor el Nadal es otra cosa, pero a veces han premiado modas o modos literarios que han pasado sin pena ni gloria (¿alguien se acuerda de la modernísssssima y generación-X-íssssima Matando dinosaurios con tirachinas, por ejemplo?).
Pero de repente, uno de los novelistas jóvenes más interesantes, al tiempo que inclasificables, del panorama narrativo español se lleva el Nadal y uno piensa que todo tiene arreglo. Aunque de inmediato surge la sospecha… ¿y si es un encargo resuelto con desgana? ¿Y si no está a la altura de El día del watusi? Por suerte, Francisco Casavella tiene talento para rato y para cambiar de registro de una manera asombrosa.
En la novela, Martín de Viloalle, hijo menor de una familia aristocrática gallega, ingresa como novicio en los jesuitas poco antes de la expulsión de España de esta orden religiosa. Esta expulsión de la patria es el inicio de unas peripecias que le llevarán por toda Europa, desde Roma hasta París, pasando por los pequeños reinos que constituían Alemania en aquella segunda mitad del siglo XVIII. Sus compañeros de aventuras Mr. Welldone, Rosetta Fieramosca, y tantos otros caracteres peculiares, le aportarán la experiencia vital que su despierta inteligencia y su original visión del mundo necesitan para evolucionar.
Martín se ganará la vida como dibujante. Durante toda su vida, hasta la madurez, se obsesionará por perfeccionar su técnica, por intentar plasmar en el papel el instante preciso, los gestos, el dramatismo de las situaciones. Verdadero superviviente, es algo más que un pícaro, es un artesano que trampea con la vida dejándose llevar a menudo por las decisiones de los demás.
Francisco Casavella logra una novela fascinante aunque irregular. En algunos momentos la tensión narrativa se debilita, pero aun así el libérrimo estilo del autor barcelonés (de origen gallego, como su protagonista) consigue dar al relato una personalidad intensísima que hace que el conjunto sea una obra completamente disfrutable y que se recuerda con un cariño inmenso.
Los aficionados a la novela histórica tienen, pues, la oportunidad de empaparse de una visión de la Europa de las luces francamente original, y los aficionados a la narrativa de calidad pueden disfrutar del esperado retorno de un autor único. Si prefieren acercarse a Francisco Casavella con obras menos densas, siempre se puede empezar con la recreación de la Barcelona lumpen de los ‘60 Viento y joyas (la primera parte de El día del watusi), o Un enano español se suicida en Las Vegas (llevada al cine como Volverás).