Presentimientos, de Clara Sánchez. Madrid : Alfaguara, 2008. 390 p. ISBN 978-84-204-7352-9.

Cubierta de Presentimientos, de Clara SánchezA veces se relaciona la calidad literaria con un estilo inextricable, períodos eternos, hipotaxis para dar y vender, o una simple acumulación asindética de imágenes supuestamente poéticas. Afortunadamente, hay grandes autores que consiguen comunicar sus mundos personalísimos con un estilo simple y depurado, narrando con precisión y sencillez. Verdaderamente, cuando hay cosas que contar, las veleidades estilísticas deben quedar en segundo plano.

Y esto lo consigue la novelista manchega Clara Sánchez desde hace ya varias novelas (como mínimo desde que comenzó a publicar en Alfaguara con Desde el mirador, 1996). Hay algo que sirve de nexo de unión a todos sus libros, y que la define como una autora muy personal, y es la mirada inquietante sobre los objetos y los personajes más cotidianos.

En Presentimientos esta mirada se lleva al límite, al quedar la protagonista, Julia, en un estado próximo al coma tras sufrir un accidente de tráfico en el pueblo costero al que va a pasar el verano con su marido Félix y su bebé de seis meses, Tito. A partir del momento del accidente (momento, por cierto, difícil de definir con precisión, ya que la transición de la realidad al sueño se hace de una manera muy sutil en las primeras páginas de la novela) Julia vivirá unas delirantes aventuras en busca incansable de algo que no sabe muy bien lo que es, pero que acabará reuniéndola con su familia, y al mismo tiempo, despertándola. Paralelamente, la narración de Félix en el mundo real, originará diálogos y aclarará situaciones vividas por ambos que tendrán su exacto reflejo en el desventurado sueño de Julia.

La maestría de Clara Sánchez se demuestra aquí tanto en la progresión hacia el absurdo del relato onírico, como en la manera en que cada elemento del mundo real se corresponderá con elementos del sueño y se mezclarán de una manera extrañamente precisa, hasta el punto de lograr aclarar un robo de joyas acaecido en la realidad. La impecable construcción obliga también que apenas quede ningún cabo suelto en la trama, todos los personajes, por secundarios que parezcan, cumplirán su función y quedarán resueltos de alguna manera. Si algún reproche se debería hacer a la mano maestra de Sánchez podría ser lo estereotípico del personaje de Marcus, permisible como personaje de sueño, pero no como personaje real, descuido menor que por otro lado conecta esta última novela con sus primeros escarceos novelísticos (concretamente con la torpe pero entrañable Piedras preciosas, 1989).

En definitiva, una novela de construcción impecable, muy personal, pero de lectura asequible para cualquier tipo de lector. A mi modo de ver, la mejor novela de su autora junto a la magistral Últimas noticias del paraíso (2000).

P.S.: Tirón de orejas para la editorial tanto por la imagen de la cubierta, francamente carrinclona, como por el desastroso vídeo promocional colgado en YouTube y en la web de la compañía. ¡Cuánto daño puede hacer una mala promoción!

Lo que sé de los vampiros, de Francisco Casavella. Barcelona : Destino, 2008. 564 p. ISBN 987-84-233-4020-0.

Cubierta de Lo que sé de los vampiros, de Francisco CasavellaNo suelo dar mucha credibilidad a los premios literarios. Es más, tiendo a huir de ellos prudentemente. Por mucho que un Muñoz Molina, un Vargas Llosa (con una de sus peores novelas, eso sí), o un Millás hayan ganado el Premio Planeta, no voy a fiarme de semejante montaje. A lo mejor el Nadal es otra cosa, pero a veces han premiado modas o modos literarios que han pasado sin pena ni gloria (¿alguien se acuerda de la modernísssssima y generación-X-íssssima Matando dinosaurios con tirachinas, por ejemplo?).

Pero de repente, uno de los novelistas jóvenes más interesantes, al tiempo que inclasificables, del panorama narrativo español se lleva el Nadal y uno piensa que todo tiene arreglo. Aunque de inmediato surge la sospecha… ¿y si es un encargo resuelto con desgana? ¿Y si no está a la altura de El día del watusi? Por suerte, Francisco Casavella tiene talento para rato y para cambiar de registro de una manera asombrosa.

En la novela, Martín de Viloalle, hijo menor de una familia aristocrática gallega, ingresa como novicio en los jesuitas poco antes de la expulsión de España de esta orden religiosa. Esta expulsión de la patria es el inicio de unas peripecias que le llevarán por toda Europa, desde Roma hasta París, pasando por los pequeños reinos que constituían Alemania en aquella segunda mitad del siglo XVIII. Sus compañeros de aventuras Mr. Welldone, Rosetta Fieramosca, y tantos otros caracteres peculiares, le aportarán la experiencia vital que su despierta inteligencia y su original visión del mundo necesitan para evolucionar.

Martín se ganará la vida como dibujante. Durante toda su vida, hasta la madurez, se obsesionará por perfeccionar su técnica, por intentar plasmar en el papel el instante preciso, los gestos, el dramatismo de las situaciones. Verdadero superviviente, es algo más que un pícaro, es un artesano que trampea con la vida dejándose llevar a menudo por las decisiones de los demás.

Francisco Casavella logra una novela fascinante aunque irregular. En algunos momentos la tensión narrativa se debilita, pero aun así el libérrimo estilo del autor barcelonés (de origen gallego, como su protagonista) consigue dar al relato una personalidad intensísima que hace que el conjunto sea una obra completamente disfrutable y que se recuerda con un cariño inmenso.

Los aficionados a la novela histórica tienen, pues, la oportunidad de empaparse de una visión de la Europa de las luces francamente original, y los aficionados a la narrativa de calidad pueden disfrutar del esperado retorno de un autor único. Si prefieren acercarse a Francisco Casavella con obras menos densas, siempre se puede empezar con la recreación de la Barcelona lumpen de los ‘60 Viento y joyas (la primera parte de El día del watusi), o Un enano español se suicida en Las Vegas (llevada al cine como Volverás).